Cuarto Grado de Primaria

Hay días en los que me miro en el espejo y me pregunto por qué no soy como los demás. Me siento extraño. Fuera de lugar. A veces, cuando camino por la escuela, siento que todos me miran como si apestara, como si no perteneciera aquí. Ese sentimiento me da miedo, un miedo que se queda conmigo todo el día y duele aquí, en mi pecho.

Imagina que todos en la escuela tienen un juguete igual, pero el tuyo es distinto. Lo cuidas con cariño porque es especial para ti, pero los otros niños lo miran raro, se ríen y dicen cosas que lastiman. Te preguntas: ¿qué tiene de malo mi juguete? ¿Por qué todos se burlan? Pero nadie responde. Solo se alejan, dejándote con el juguete en las manos y lágrimas que caen sin que nadie las vea.

Es como estar en un mundo donde nadie habla tu idioma. Intentas explicar lo que te gusta, lo que sueñas, lo que te hace feliz, pero nadie te escucha. En lugar de abrazarte, te empujan. En lugar de sonreírte, te ignoran. Y te preguntas, ¿por qué?

Quizá los otros niños tengan miedo de lo que no entienden. Tal vez no saben cómo acercarse a lo que es nuevo o distinto. Pero no por eso duele menos. Duele mucho cuando te tratan mal solo por ser tú mismo. Recordándote que, a ninguno le interesa estar con alguien como tú.

Me odio tanto. Me pregunto por qué no puedo simplemente gustar de las mismas cosas, hablar de lo mismo, ser como los demás. Tal vez, si lo hiciera, no me sentiría tan solo. Pero, por más que lo intento, sigo siendo yo, y a veces desearía poder ser cualquier otra persona. Y eso me duele aún más, porque ya no solo me afecta lo que dicen los demás, sino lo que empiezo a creer sobre mí. Es como si una parte de mí pensara que merezco lo que me pasa, que alguien como yo debe ser educado gratis, en todas partes. Pero luego, otra parte de mí se aferra a lo que soy, a esas pequeñas cosas que me hacen único, aunque a veces ni siquiera sé si eso vale la pena.

Las pocas veces que intento hacer amigos, me doy cuenta, una y otra vez, que no importa cuanto me esfurce, no encajo. Ellos hablan de cosas que no entiendo o no me interesan, y cuando comparto lo que me gusta, me miran como si hubiera dicho algo malo, lo peor. Me regañan. Aparentemente, eso es lo que se hace con alguien como yo: bicho raro, fenómeno, enfermo, maricón. Entonces, me quedo callado, con el corazón latiendo rápido, la respiración entrecortada y los ojos llenos de lágrimas que con todas mis fuerzas no dejo caer.

Cuando los demás se burlan, cuando dicen cosas que lastiman, trato de no llorar, trato de ser fuerte. Pero, por dentro, siento que cada palabra es como un pequeño cuchillo que deja una marca invisible. Y esas marcas, eternas, se acumulan, una sobre otra, hasta que ya no puedo más, y me escondo en un rincón, solo, con miedo de que nunca deje de doler.

A veces, sueño con ser invisible, con que el dolor se vaya. Pero, cuando despierto, el miedo sigue ahí, y el odio a mí mismo no desaparece. Me pregunto si algún día podré mirarme en el espejo sin sentir esa mezcla de tristeza y enojo, sin desear ser otra persona.

Hoy, sé que no tengo que ser fuerte todo el tiempo. Sé que está bien sentirme mal. Pero, a veces, me pregunto cuánto más podré soportar fingiendo. Cuántos años más tendré que luchar contra ese miedo, contra el rechazo, contra ese odio que siento hacia lo que soy. Y, aunque intento no rendirme, aunque intento seguir adelante siendo un gran actor, hay días en los que todo se siente demasiado pesado, y solo quiero desaparecer.

Autor: Roberto González Rivera

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