From. Esa serie que, en sus inicios, prometía ser un intrigante híbrido de misterio y terror psicológico. Pero, como suele pasar en estos días, los guionistas decidieron que lo importante no era tanto desarrollar su premisa atrapante, sino asegurarse de que cada casilla de representación estuviera bien marcada. Porque, ¿qué sería de una historia de supervivencia y horror sin su cuota precisa de diversidad que, por supuesto, debe incluir cuatro personajes LGBTIQ+ en un pueblo diminuto? Total, ¿qué importa la coherencia narrativa cuando tienes una agenda que cumplir?

Estadísticas vs. «La magia del guion»
Pongamos esto en contexto: según diversas estadísticas globales, el porcentaje de personas que se identifican como parte de la comunidad LGBTIQ+ ronda entre el 5% y el 10% de la población total. Ahora, traslademos eso al pueblo de From, un lugar que, con toda la generosidad del mundo, podríamos estimar en unas 50 personas (y eso si contamos hasta al gato del vecino). ¿Cuántas personas LGBTIQ+ esperaríamos encontrar en este escenario? Matemáticamente, quizás una, con algo de suerte. Pero no. Los creadores de la serie nos entregan no una, ni dos, sino cuatro. Porque, al parecer, el misterio más grande de From no es el pueblo en sí, sino cómo este desafía las leyes de la probabilidad.

La sutileza murió: larga vida a la inclusión evidente
La verdadera tragedia aquí no es la representación, sino lo poco orgánica que resulta. En lugar de presentarnos personajes que aporten profundidad o contribuyan significativamente a la trama, la serie parece haber decidido que lo importante es asegurarse de que todos sepan, a los cinco minutos de pantalla, que estos personajes son parte de la comunidad LGBTIQ+. ¿Por qué? Porque, claro, lo que realmente quieres en una historia de terror es un recordatorio constante de las preferencias románticas de los personajes. Nada dice «atmósfera inquietante» como una narrativa que se detiene para marcar puntos de representación.

Inclusión que excluye la lógica
Lo irónico de todo esto es que la inclusión debería ser un elemento que enriquezca la trama, no que distraiga de ella. Pero aquí estamos, en un pueblo diminuto donde el verdadero horror no son las criaturas misteriosas ni los enigmas sin resolver, sino el guion que parece gritarte: «¡Mira qué inclusivos somos!» En una historia que depende tanto de la construcción de un entorno creíble y una tensión palpable, estas decisiones superficiales hacen que todo se sienta forzado y, francamente, desconectado.

¿Es realmente necesario?
Claro, alguien podría argumentar que la representación es importante, y lo es. Pero, ¿de qué sirve si se siente artificial? La clave de una buena inclusión es que fluya naturalmente dentro de la narrativa, no que se convierta en un distractor evidente. En el caso de From, el énfasis en cumplir con una cuota de diversidad termina siendo contraproducente, no solo porque rompe la inmersión, sino porque convierte a los personajes en caricaturas, definidos únicamente por su identidad y no por quiénes son como personas.

Conclusión: una lección no aprendida
From no está sola en este error. Cada vez es más común ver historias sacrificadas en el altar de la corrección política mal entendida, donde lo importante no es contar una buena historia, sino asegurarse de que nadie pueda acusarte de exclusión. Lo triste es que, en el proceso, terminan alienando tanto a quienes buscan una narrativa auténtica como a quienes realmente se beneficiarían de una representación bien hecha.

Al final, lo más aterrador de From no son sus criaturas, sino su guion, que parece creer que la inclusión forzada es más importante que la coherencia narrativa. Una pena, porque en algún punto, esta serie tenía potencial. Ahora, todo lo que queda es preguntarse: ¿será este pueblo tan diverso también en términos de espectadores dispuestos a seguir viendo?


