Costco, ese paraíso de compras donde los sueños de adquirir un costal de 20 kilos de arroz y una botella de vino francés en el mismo carrito se hacen realidad. Lo que alguna vez fue sinónimo de exclusividad y buen gusto, hoy se ha convertido en un peculiar mercado tianguis, con más gritos y empujones que un Black Friday gringo. ¿Qué pasó con el Costco que conocíamos y queríamos? Vamos a desmenuzar este fenómeno con la ironía que merece.

El descenso a la locura: De carrito a trinchera
Imagina la escena: una horda de compradores entra en tromba a la tienda, como si anunciaran que las muestras gratis ahora son tamaño familiar. Los carritos, otrora símbolos de compras civilizadas, se han convertido en armas de asedio. Cada pasillo es un campo de batalla donde cualquier cosa, desde un paquete de papel higiénico hasta la última caja de croissants, puede ser el motivo de una pelea.

Los revendedores son, sin duda, la plaga que agrava el caos en Costco. Estos oportunistas vacían estantes como si fueran aspiradoras humanas, acaparando productos básicos y exclusivos para después revenderlos a precios absurdos en mercados informales o redes sociales. Este comportamiento no solo alimenta el desabasto y la histeria colectiva, sino que también traiciona la filosofía de Costco: ofrecer valor directamente al consumidor final. Si la empresa no toma medidas drásticas para controlar esta práctica, su reputación como proveedor confiable podría terminar en el suelo junto con la dignidad de los clientes que luchan por un paquete de servilletas.

Los gritos entre clientes parecen la banda sonora oficial de Costco últimamente. ¿“¡No te lleves todos los nuggets!”? Claro. ¿“¡Yo lo vi primero!”? También. Ni en los tianguis más tradicionales se ve este nivel de pasión por los bienes de consumo. Y ni hablar de los empujones: esos son gratis, al igual que las malas miradas.

La culpa es de las ofertas, pero también de la cultura
Costco siempre ha manejado un modelo de escasez controlada: sacan pocos productos “exclusivos” para generar deseo y sensación de urgencia. Pero esa táctica está explotando en sus caras. ¿Quién iba a imaginar que los humanos no reaccionan con calma cuando sienten que deben luchar por un paquete de galletas importadas? Aquí es donde el elitismo del club de membresías choca con el “todos contra todos” de las masas ansiosas.

También debemos admitir que como cultura, somos propensos a la histeria colectiva cuando algo se vuelve un bien escaso. Es la misma lógica que vacía los estantes de papel de baño ante cualquier rumor apocalíptico. Solo que ahora, el apocalipsis es no tener suficiente queso gouda.

El daño colateral: ¿Costco está cavando su propia tumba?
Este comportamiento no solo afecta a los compradores que buscan una experiencia tranquila y sin sobresaltos, sino también a la reputación de Costco. ¿Cómo puede una empresa que se enorgullece de su “shopping experience” premium permitirse convertirse en un circo de tres pistas? La respuesta: no puede.

Cuando una marca deja que sus tiendas se conviertan en campos de batalla, pierde la confianza de sus clientes más leales: aquellos que estaban dispuestos a pagar por la calma, no por el caos. Peor aún, corre el riesgo de dañar su imagen pública, transformándose de un lugar aspiracional en un meme viviente.

Además, este descontrol tiene consecuencias económicas. Si los incidentes en tienda siguen escalando, Costco podría enfrentarse a demandas, pérdida de membresías y mayores costos de operación (más personal de seguridad, mejor logística). En resumen, lo que parece una simple pelea por un paquete de carne podría costarle millones.

¿La solución? Menos escasez, más orden
Costco tiene que recordar lo que lo hizo grande: precios razonables, buenos productos y una experiencia de compra tranquila. Si quieren recuperar su reputación, deben tomar medidas serias para evitar que sus tiendas se conviertan en una arena romana. Desde controlar mejor la disponibilidad de productos hasta implementar políticas claras contra el comportamiento agresivo, es hora de que Costco haga algo más que mirar desde la línea de cajas cómo se desmorona la civilidad.

Mientras tanto, nosotros, los compradores, también debemos hacer autocrítica. ¿De verdad necesitamos comportarnos como si los muffins se fueran a extinguir? Un poco de calma no le hace daño a nadie, y mucho menos a nuestros carritos.

Porque, al final, todos queremos lo mismo: salir de Costco con nuestras compras intactas y nuestra dignidad todavía en el carrito.

