Las Crónicas de Burrito Rosa – Volumen 2
El eco maldito del Bosque de Jarathorn

El viento aquí no silba: murmura. No arrastra hojas, sino secretos. Caminar entre los límites del Bosque de Jarathorn es caminar sobre cicatrices abiertas. Las raíces palpitan, como si recordaran… como si advirtieran.
Bugria fue fundada sobre la promesa de riqueza, pero también sobre la negación. Negaron que el bosque tuviera alma. Negaron que los elfos alguna vez hablaron. Negaron que lo sellado no siempre permanece dormido. Y el precio de la negación fue la ruina.

I. El pacto roto
Antiguamente, los humanos llegaron a Jarathorn buscando la madera sagrada. Los elfos, celosos guardianes del equilibrio, aceptaron un pacto: la extracción sería limitada, el bosque no sería profanado. Pero los humanos no conocen límites. La guerra de los Siete Años arrasó los términos del acuerdo, los elfos desaparecieron, y en su ausencia, una oscuridad distinta floreció entre los troncos.
Hoy Bugria es un cascarón. Sus casas, medio hundidas en barro y musgo, aún respiran. Pero respiran con esfuerzo. Quienes aún habitan allí no son pobladores, sino sobrevivientes. El miedo es el idioma común, y el silencio es ley.

II. Las palabras que queman
Los libros no deberían temblar cuando se abren.
Pero ese lo hizo.
Encontré un volumen entre una biblioteca derrumbada, encuadernado en cuero gris. No tenía título. Al abrirlo, cada página brillaba con runas vivas, y al tocar una, mi piel ardió. “Mos”, decía una inscripción. Dios de la oscuridad. El nombre se repetía con desesperación, junto a símbolos de luna rota y árboles invertidos.
Los textos hablaban de Yuriga, un hechicero que enloqueció al intentar replicar la magia élfica. Creó híbridos: hombres bestia, lobos bípedos, zorros de ojos humanos. Algunos viven aún en los bordes del bosque. Uno me miró. No me atacó. Solo se quedó allí, quieto, respirando como si recordara algo.

III. Bajo tierra no hay paz
El cementerio de Bugria es más antiguo que la ciudad. Dicen que fue construido sobre una falla mágica. Las lápidas están cubiertas de musgo y símbolos arcanos, y a ciertas horas, sus sombras no coinciden con la posición del sol.
Descendí por una grieta entre tumbas. Encontré túneles, esqueletos con brazaletes de clanes extintos, y una losa sellada con cera negra. En ella, un grabado: “Que Pi no despierte. Que Mos no entre. Que el bosque elija.”
Me temblaron las manos.

IV. Voces en la madera
Los tablones de las casas susurran. No lo notas de día. Pero al anochecer, si cierras los ojos… puedes oírlos. Relatan nombres. Algunos, los de los vivos. Otros, aún no pronunciados por nadie.
En un granero olvidado encontré un cofre. Dentro había ropajes de viajero, una capa rasgada, y una carta con tinta aún húmeda que decía:
“Me asaltaron los ninjas. Se llevaron mis pantalones de reliquia. Estoy encerrado. Creo que esto es el fin. Pero si alguien encuentra esto… hay algo bajo la casa del alquimista.”
Fui. Y lo que había allí no era humano.

V. El rey de los trolls
Drakk’mar llegó con sus huestes durante un eclipse parcial. El cielo se tiñó de verde, y el bosque se agitó como si lo golpearan desde dentro. Los trolls no atacan por codicia. Lo hacen por instinto, como quien arranca una costra que ya no soporta más.
Entre los escombros dejaron marcas. Una inscripción tallada con garras decía: “Nosotros fuimos antes que ustedes. Y volveremos después.”
La ciudad no se ha recuperado. Y no lo hará.

VI. El susurro de Pi
Pi. El nombre prohibido. La energía primordial. Algunos creen que es diosa, otros que es fuerza bruta. Pero todos concuerdan en algo: está viva.
Sentí su presencia cuando crucé la frontera sur del bosque. No fue un sonido. Fue una presión en el pecho. Como si el aire no me perteneciera. Como si estuviera respirando algo que ya había sido exhalado hace siglos por otra cosa… algo grande. Algo muy antiguo.

VII. La última advertencia
Manuel, uno de los pocos sabios que quedan en Bugria, me entregó un mapa. “No es preciso”, dijo. “Pero es lo único que tenemos.” En él, había zonas tachadas. “Prohibido entrar sin ofrenda.”
Le pregunté qué clase de ofrenda. Él me miró con ojos opacos.
“Algo que no estés dispuesta a perder.”
No pregunté más.

Epílogo: El bosque sangra
No sé cuánto tiempo llevo aquí. Las lunas no coinciden. Las sombras giran en sentido inverso. Y cada noche sueño con raíces que me envuelven el cuello mientras una voz repite mi nombre.

Jarathorn no está dormido.
Bugria no está muerta.
Y yo… aún no he terminado.

