«San Junípero, el pan dulce sin relleno: cómo una ilusión de final feliz nos la metió doblada»
Por alguien que también se pone existencial viendo comerciales de shampoo

I. Introducción para que parezca que esto es un análisis serio (y tal vez lo sea)
Hay una regla no escrita en la televisión: si haces llorar a la audiencia mientras le das un beso lésbico en la frente, automáticamente ganas el derecho de ser llamado obra maestra. Y si encima les pones música ochentera con luces de neón y pelucas que gritan “nostalgia digital”, entonces no solo te aplauden… te consagran. San Junípero hizo eso.
Y también hizo otra cosa: vendió una distopía con forma de final feliz, como cuando compras pizza con extra queso y te llega una galleta de avena envuelta en papel brillante.

II. Pero, ¿de qué trata esta cursilería tecnopastel?
Dos señoras. Una es tímida, la otra fiestera. Una está viva, la otra también… más o menos. Se conocen en un limbo digital donde todos pueden ser jóvenes, guapos y bisexuales, sin pagar renta. Se enamoran. Se besan. Llueven likes. Y todos los fans dicen: “awwwwwwwwww Black Mirror también tiene corazón”.
Spoiler alert: no lo tiene. Solo tiene chips con forma de corazón, y probablemente explotarán en algún capítulo posterior.

III. El problema de fondo: el «felices para siempre» digital
San Junípero tiene la misma lógica que subir tu conciencia a Dropbox y pensar que eso te hará inmortal. Qué bonito, dicen. Qué romántico, dicen. Yo también quiero vivir con mi waifu digital para siempre, dicen.
¿Saben qué más es para siempre? La condena.
Porque lo que nadie quiere admitir es que estar atrapado en un simulador de playa de los 80 por toda la eternidad, con la misma playlist de Belinda Carlisle y una sola pareja, es básicamente un infierno con luces de discoteca. Es como un videojuego sin bugs: eventualmente te das cuenta de que no hay nada más que hacer.

IV. ¿Dónde está el Black en Black Mirror, eh?
Toda la serie trata sobre cómo la tecnología, cuando se combina con nuestros deseos humanos más tristes (como el amor, la fama o stalkear a tu ex), termina volviéndose una pesadilla. Pero San Junípero dijo nah, pongamos glitter y lesbianas felices, que eso da Emmys.
Y la gente lo compró.
¿Y saben por qué? Porque nos da miedo aceptar que incluso nuestras emociones más bellas (como el amor verdadero™) pueden ser convertidas en mercancía por una nube digital que probablemente cobra comisión. San Junípero no es una historia de esperanza, es un comercial de Facebook con más filtros que sentido común.

V. Conclusión con veneno rosa
San Junípero es ese capítulo que todo el mundo finge amar para parecer sensible, woke y profundo, pero que en realidad es tan profundo como un plato hondo. Es la falsa utopía en su máximo esplendor: te promete el cielo, pero te da un drive externo con tu alma adentro.
Y por cierto, el verdadero terror no es morirte.
Es quedarte atrapado para siempre en una canción de The Bangles, sin poder apagar el WiFi.

Bibliografía emocional (porque los feels también se documentan):
- Brooker, Charlie. Black Mirror. Temporada 3, Episodio 4: «San Junipero», Netflix.
- Reddit, r/television: “Why San Junipero is the best Black Mirror episode ever” (opiniones de gente que claramente no ha leído a Sartre).
- Mi propia desesperanza romántica en ambientes digitales.
- Spotify. “Heaven Is a Place on Earth”, reproducida 400 veces hasta entender que no, no lo es.

