Todo llegó tarde.
El cuerpo. El nombre. El valor.
Todo.
La vida también.
Ya solo hay restos.
De lo que eras.
De lo que te arrancaron.
De lo que escondiste para sobrevivir.
Una voz prestada.
Un cuerpo que no es tuyo,
pero del que no puedes salir.
Solo hay duelo.
De estar viva sin haber vivido.
De repetir lo que esperaban
mientras por dentro te pudrías.
Caminaste como debías.
Hablaste como esperaban.
Fingiste cada sonrisa.
Te premiaron por eso.
Y nunca te vieron.
Te odiaste.
Tanto que ya no querías vivir.
Quisiste matarte tantas veces
que estar viva ya no es logro.
Es rutina.
Te tapas la boca.
No por vergüenza.
Por rabia.
Porque si hablas, lloras sin consuelo.
Te rompes.
Y si te rompes, nadie quedará para juntarte.
Estás harta de esta piel.
De vestirte como si no doliera.
De esa cintura que odias.
De esos hombros que quisieras arrancarte.
Todos los días duelen.
Duele cuando despiertas.
Y cuando vas a dormir.
Duele callarte para no perder lo poco que te queda.
Y a veces, pasa.
Un momento.
Breve.
Donde por un segundo,
solo uno,
eres tú.
En tu falda absurda.
En tu cuerpo prestado.
En el ridículo que nadie vio.
Pero que fue tuyo.
Porque a veces no queda nada.
Solo el cuerpo, respirando por inercia.
Y el poco amor que queda lo das por completo a los demás,
porque para ti nunca alcanzó.
Autor: Roberto González Rivera

