Cada día pesa más despertar. Ya ni siquiera sé cuándo empezó este cansancio; solo sé que se fue quedando, acumulándose callado, hasta volver todo más borroso. Los sueños se sienten lejanos, confusos, pero aun así siguen siendo más cálidos que abrir los ojos otra vez. Dormir ya no duele tanto. Despertar sí. Siempre un poco más.
A veces sonrío, aunque no tenga motivo claro. Es una sonrisa rara, vacía, como la de alguien que de ha abandonado la esperanza y abraza la nada. Ya no sé si es tristeza, resignación o simplemente el desgaste de existir todos los días de la misma manera.
De joven tenía grandes deseos, sueños, planes muy elaborados, cosas que quería alcanzar. Pensaba mucho en el futuro. Ahora casi todo eso se siente ajeno, como si fuesen los deseos de otra persona. Últimamente solo pienso en en morir mientras duermo y no tener que volver nunca más. No por rabia, ni por tristeza. Solo por cansancio, puro y crudo cansancio.
Quizá lo más triste es que una parte de mí todavía espera que exista algo después, algo metafísico u onírico, no sé. Algo tranquilo. Algo donde pueda volver a encontrar a quienes amo y estar con ellos eternamente, sin la maldita tortura de una absoluta condena muerte para todos. Algo donde, por fin, deje de sentir este vacío constante, algo donde la felicidad no venga seguida de secuestro y asesinato, algo donde perduremos por siempre, sin un final de mierda que arrebata cruelmente todo.
No lo sé. Tal vez solo estoy cansado de caminar hacia la indiferente nada.
Autor: Roberto González Rivera

