5 años, 8 meses y 24 días…

¡Maldita sea, ¿Por qué tuve que volver a toparme con él?! –Se repetía mientras amortiguaba su caída desde el techo de una casa de dos pisos, cayendo sobre la vieja lona de un puesto de verduras –   

Hasta ahora me comenzaba a preocupar: el aire no llegaba a mis pulmones, pero se me vino a la mente todo lo que me habían dicho sobre como los hombres sacan desde su interior una fuerza extraordinaria, sobrada, casi sobrehumana en momentos muy extremos. Supongo que eso me tranquilizó, no se por qué, pero eso pensé.

¡Diablos! Ya no recuerdo cuando pasó todo esto, ya no tengo noción de cuando la maldad se volvía inherente a mi mente y a mis pensamientos. Cuando reaccionaba ante lo perverso y lo maldito porque así lo quería, porque nadie me pedía lo contrario.

Él imbécil que venía persiguiendo mis huesos, mis vísceras, órganos y todo lo demás; era lo que había decidido a quitarme de encima, a cambiar. En ese momento no tanto para mí, sino para alguien más…

Todavía recuerdo como en aquellos instantes me pareció algo tan ligero, tan mínimo, algo con un peso muy sutil. En ningún momento pude llegar a imaginar que alcanzaría este punto, hasta este momento incomodo y doloroso.

¡Miserable hijo de puta, cuantos problemas nos has causado! ¡Pero no más, llego el momento de que te mueras! Y yo me encargare de eso, más te vale ser lo suficientemente rápido como para escapar de mí; de lo contrario… te destruiré, te doy mi palabra de que lo haré hueso a hueso.  – Gritaba para sus adentros, lleno de ira, excitación y cansancio, al tiempo que se deslizaba por el cofre de un vehículo que había frenado bruscamente para evitar el contacto con aquel veloz desquiciado. –

Y así, esta escena proseguía a través de las oscuras calles de la ciudad, con ambos teniendo un motivo tan similar para correr: escapar y atrapar. Recordando cómo todo había llevado hasta este momento, la familia ya no importaba más, había desaparecido únicamente para abrir paso a un objetivo, una obsesión y una trágica misión.

Llegando al parque de “La felicidad”, quise darme por vencido, el recuerdo parecía pesarme en los pies. 

Ese día fue el momento que entendí por que a veces las personas se empeñan en recrear vidas, en expresar sentimientos y capturar instantes y esas cosas que a mí nunca me interesaron… pero poco a poco lo fui entendiendo.

Eran las 8:36 de la mañana y sólo recuerdo que el parque estaba solo, ella llegó y su cabello pareció cambiar de color, nació rojo intenso por los reflejos del sol. En la banca yo temblaba de miedo por estar en un lugar público.

–No había crema, pero deberías probarlo así, yo pienso que es mejor el café así solito, me sonrió simplemente; y no sé cómo describirlo, pero ahí fue el momento, ahí… así de simple y majestuoso. Nunca supe como decirle todo lo que… nunca he sido bueno. 

Elisa era muy diferente y rara, debo decir, siempre decía cosas muy extrañas, como ese día que la encontré abrazada de un árbol muy grande, yo le pregunté que por que lo hacía, ella respondió que si no me parecía fascinante el hecho de que algo tan pequeño como una semilla creciera hasta convertirse en algo que sus brazos no pueden abarcar. Yo no sabía que responder a lo que me decía que pensaba, supongo que nunca había considerado eso. Mi mente andaba en otros aspectos no parecidos de la vida…

Dejando el parque atrás encontré un pequeño callejón, no sé si me siguió hasta ahí, pero no había pistas de él. Tuve que recuperar algo de aliento entre toda la humedad y la suciedad de mi cuerpo, que en ese momento fue lo último que me pasó por mi mente.

¿Y ahora que haría? ¿Y si me encuentra? Por el momento no escuchaba nada, así que aproveché para continuar a través del callejón. Sabía que el cabrón de Ramón no se iba a dar por vencido hasta atraparme, asesinarme y asegurar de que yo quedara en el olvido.

– Tú nada más la agarras y la amarras ¿Eh güey?, si quieres te la chingas pero buzo de cualquier cosa ¿vale? – me dijo Ramón ese día que asaltamos la casa de la señora Robles.

Yo obedecía todo lo que me decían, aunque a veces ni siquiera sintiera placer por ello, simplemente por hacerlo. Ahora que lo recuerdo, lo que más disfrutaba era encontrar mi puño contra otras personas, sentir su dolor, pero también el mío en mis puños, veía la sangre derramarse con mucha sutileza y a veces con gran rapidez, pero con elegancia, me gustaba sentir como algo se rompía por dentro con mucha fuerza, algo físico y más allá… no sé por qué lo hacía, creo que trataba de llenar algo en mí, de saciarme de placer y tratar de comprender, de entender qué era sufrir.

Para los demás el fin no era el mismo que el mío; para Ramón, elJeringas, Don Jorge y los otros, lo importante era el dinero, sexo, lo que les sacábamos y nada más. 

Llegué hasta la esquina donde de nuevo escuché los pasos acelerados y eché a correr todavía más rápido. Aún no veía nada por detrás, pero lo sentía. Subí unas pequeñas escaleras de un solo salto, con lo cual me lastimé un poco y tambaleé, pero seguí avanzando…

Sólo fue por ella, por Elisa, que decidí cambiar y dejar atrás todo. No me importa estar como estoy en este momento. Todo lo mantendría igual. Que me golpeen todos, y me persigan por el resto del mundo porque todo valió la pena por Elisa. Ella es mi vida y mi todo. El decirles cómo fue que sentí que esto está de más, son sólo pequeños detalles que te van envolviendo y se hace algo tan grande, se vuelve parte de ti, que cuando pasa no te das cuenta… Te absorbe.

Voy a dar todo de mi para que ella vuelva, para que ella regrese a mí y se sienta orgulloso de lo que soy.

El decirles también cómo fue que traicioné a “mis amigos” está también de más, sólo pasó…y sólo estoy aquí, parado en esta mala posición.

Llegué hasta la otra esquina, ya no podía con mi alma ni con mi cuerpo, me pregunté en ese momento dónde había quedado toda mi fuerza y energía sobrehumana. El cabrón se acerca, yo no sé que hacer, lo único que se me ocurrió es enfrentarme a mi pasado y de una vez resolverlo. Llega a donde estoy, me rasga con el puñal en el brazo izquierdo, el mismo puñal con el que dañó a mucha gente junto a mí. Le agarré con todas mis fuerzas su muñeca y logré que lo soltara. Lo golpeé desatando mi ira, sin controlarla, sin razonar, sin sentir… sí, lo maté.

Su sangre manchaba mi ropa y goteaba de mis manos, no pude evitar sentir una gran desesperación y frustración al mismo tiempo. Recuerdo que mis manos comenzaron a temblar, al igual que mis piernas, brazos y todo mi cuerpo. Toda mi energía quedó descargada en aquel hombre muerto. ¿Fue mi intención? Fue la primera pregunta que me hice al recuperar un poco el aliento. No, no la fue. Eso me dio mucha tranquilidad… sabía lo que eso significaba. Era por fin un hombre libre… ¿era libre?

Seguía teniendo a mis pies aquel cuerpo sin vida, con el rostro desfigurado. Como una pequeña detonación me eché a correr para alejarme de aquel rojo lugar, di vuelta en uno de los tantos callejones que resguardaban los grandes edificios, lentos y viejos…

Con la mano derecha sostenía del cuello contra la pared a un desafortunado hombre, le gritaba y amenazaba con el puño al aire. – ¿¡Como que sólo traes 300 miserables pesos!? ¿¡Me quieres ver la cara de imbécil acaso!? –  Terminó a decir, hasta que logre frenar y advirtió de mi presencia. Él era Eduardo, “El pequeño Lalo”, media cerca de dos metros, con una corpulencia que créanme, realmente se hacia notar.

-Vaya, miren nada más con quien me vine a encontrar –dijo mientras con un solo movimiento lanzaba a un lado a su malaventurada victima.

Sin ganas de quedarme a conversar, emprendí de nuevo mi escape, esta vez de otro captor. El cielo después de oscurecerse hizo evidente las gotas de lluvia que bañaban la ahora húmeda ciudad.

Lalo nunca fue el más importante o inteligente de entre nosotros, pero si el más agresivo, ingenuo y explosivo; una muy peligrosa combinación. Y lo preocupante ahora; era que me seguía a mí.

Ya no tenía fuerzas, se me habían agotado por completo, sólo corrí y corrí, a través de la lluvia, bardas y callejones, sin mirar atrás. Fácilmente perdí al lento de Eduardo, pasé un par de horas escondido, pero ni un rastro de él.

Cansado de esperar y muy débil por la herida, decidí salir a ver que había sucedido con él. Al parecer el destino me sonrió por última vez, no pude hallarlo, pareciese que hubiera desaparecido; dos días después me enteré de que lo habían capturado, se encontraba en la cárcel. El sujeto que estaba asaltando en aquel callejón lo había denunciado, y nunca imaginó que era un integrante de nosotros, vaya sorpresa que se llevó el policía.

Aún estaba maltrecho y agotado, por fortuna la herida había dejado de sangrar, era profunda, pero extrañamente no dolía.  Sólo tenía una idea en mi mente, sólo una…

¡Elisa! ¡Elisa, por favor! Yo sólo quiero verte. Huir contigo. Desaparecer de este mundo podrido. Desaparecer y desvanecernos en amor, sólo en eso, en amor. ¡Elisa! Eres mi vida y sólo quiero estar contigo, que me cuentes de tus cosas raras, de lo maravilloso que puede ser el mundo si estas, trabajar todos los días para vivir los dos juntos, ¡amor! Te prometo que soy otra persona, que he cambiado, que nunca más sucederá nada malo. ¡Te prometo que voy a amarte por el resto de mi vida porque me he dado cuenta de que eres a la persona que quiero besar y sentir todos los días! ¡Elisa!

-Buenas noches, disculpe la molestia, pero toqué a la puerta de Elisa y no responde, ¿sabe dónde está?

-Se fue, agarró sus maletas y se fue. Le pregunté que cuando regresaría. Ella respondió que nunca más.

Autor, Autor: Roberto González Rivera

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